Ese sábado madrugamos lo que no está escrito para ir a desayunar mientras veíamos salir el sol desde las Baterías antiaéreas del Carmel, en Barcelona con Sílvia y Jose. Pero justo ese día el sol salió por detrás de las nuves que durante la noche, sigilosamente habían ido cubriendo la ciudad, dejándola inmersa en una niebla sutil que no nos regaló rayos maravillosos sino un ambiente uniforme precioso, como cubierto por un enorme difusor, dejando a la vista sólo lo que en aquel momento importaba: ellos dos y su historia.

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